La selección de Luis de la Fuente goleó 0-4 a Georgia en Tiflis y volvió a demostrar que su mayor fortaleza no son los nombres propios, sino una idea de juego que funciona independientemente de quién esté sobre el campo.

España llegó a Georgia sin varias de sus principales figuras, pero el desarrollo del partido dejó claro que la identidad del equipo está muy por encima de cualquier ausencia. La Roja se impuso por 0-4 en Tiflis y dio un nuevo paso hacia el Mundial gracias a una actuación que combinó posesión, presión alta y una enorme capacidad para castigar cada error rival.

El primer aviso llegó temprano. Ferran Torres encontró espacios por la banda derecha y una de sus incursiones terminó provocando la mano que, tras la revisión del VAR, derivó en el penal transformado por Mikel Oyarzabal. El capitán no falló y abrió un partido que desde el inicio pareció inclinarse hacia el lado español.

Más allá del marcador, la sensación era que Georgia sufría cada vez que España aceleraba. La presión tras pérdida funcionaba a la perfección y obligaba constantemente al conjunto local a jugar incómodo. En una de esas recuperaciones altas, Ferran volvió a rozar el gol. Y poco después llegó el segundo. Un extraordinario pase de primeras de Fabián Ruiz dejó a Martín Zubimendi prácticamente solo en la frontal del área. La defensa georgiana concedió demasiado espacio y el mediocampista definió con tranquilidad para ampliar la ventaja.

Paradójicamente, hubo tramos en los que Georgia tuvo más la pelota. Sin embargo, esa posesión nunca terminó de traducirse en peligro real. De hecho, cada pérdida parecía dejar al equipo local expuesto. En varias ocasiones, los atacantes españoles quedaron emparejados mano a mano con los defensores georgianos, una señal evidente de los problemas que tenía el conjunto de Willy Sagnol para reorganizarse tras perder el balón.

España, por el contrario, transmitía una sensación de control permanente. Cuando Georgia intentó presionar más arriba, los jugadores de Luis de la Fuente encontraron soluciones con naturalidad. La circulación era rápida, los apoyos constantes y los movimientos sin balón facilitaban la salida desde el fondo.

El tercer gol resumió buena parte de la noche. Baena filtró un pase al espacio y Oyarzabal, lejos de buscar protagonismo individual, asistió a Ferran Torres para que empujara la pelota a la red. Era una jugada muy parecida a la que había provocado el penal del primer gol, una muestra de que Georgia nunca logró corregir ese problema defensivo.

Ya en la segunda mitad, con el partido prácticamente resuelto, España mantuvo la intensidad y terminó cerrando la goleada con el doblete de Oyarzabal. El resultado confirmó la enorme superioridad de la selección española y dejó una sensación cada vez más repetida: más allá de las bajas o las rotaciones, este equipo entiende perfectamente a qué juega. Y cuando eso ocurre, las diferencias suelen aparecer solas.

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